Por José Pablo Feinmann

Rudy

CorrientesHoy - 01/06/2014

Antes de Giuliani, Nueva York era una ciudad peligrosa, se calculaban (en un cómputo que alarmaba) más de seis asesinatos por día, ocho violaciones y arriba de cuatrocientos hechos de violencia (de violencia menor, que no se llevaba la vida de nadie pero atemorizaba a todos). La orgullosa Gran Manzana se había transformando en la Gran Manzana Podrida. Había una policía corrupta que daba amparo al vandalismo de los jóvenes, que lucraba con el crac y, si en las cárceles había presos, era para lanzarlos hacia la noche, para que asaltaran y vejaran a los ciudadanos y regresaran para repartir el botín con unos custodios de la ley que, lejos de custodiarla, eran parte y posibilidad de su constante erosionamiento. Así, en medio de este estado de cosas, Giuliani asume la alcaldía de la ciudad. Es un republicano que gusta decir: “Los demócratas creen que las cosas van a mejorar. Nosotros queremos que mejoren ya”. Años después de su faena exitosa el escritor Wayne Barret escribirá un libro simplemente llamado: Rudy! En 2003, basado en ese libro, se hará un telefilm bajo el título de The Rudy Giuliani Story, su protagonista será James Woods que se alzará con el premio al mejor actor de un film para TV y dirá, en el acto de su premiación, que admira a Giuliani, de aquí que lo haya interpretado tan eficazmente. Woods miente: nunca ofreció un mal trabajo, es un actor brillante, uno de los mejores, lejos, de su generación, un actor que nunca aburre, un enorme roba-escenas con el que da miedo trabajar de notable que es. El telefilm de Woods –porque todo o gran parte de su mérito se lo debe a su interpretación– desarrolla las dos teorías en que se basa el esquema de aniquilación del delito que instrumentó Giuliani: tolerancia cero y ventanas rotas. Vamos a detenernos en las ventanas rotas. Se lo asocia, acaso inevitablemente, con la Noche de los Cristales Rotos en que los SA destrozaron los ventanales de todos los comercios judíos de Berlín. Pero se trata de otra cosa. Para Giuliani, el enemigo es el que viola la ley, sea judío, african-american o latino. Y si la viola es porque hay una ventana en el sistema de seguridad que alguna vez fue rota y no se arregló. Al comprobar que es posible romper algo y no pagar por eso serán rotas todas las ventanas de la ciudad. La tolerancia cero significa entonces que hay que detener el delito en la primera ventana que éste destruya. Sin embargo, todos saben que la seguridad se paga al contado con la libertad de todos los ciudadanos. Hoy, Nueva York tal vez sea, como dicen muchos admiradores de Giuliani, la ciudad más segura del mundo, pero también la más vigilada, la más sometida al espionaje de los servicios de seguridad. Además, aunque Giuliani se empeñe en defenderse al decir que tolerancia cero no es mano dura, cuando inició su trabajo inundó de policías la ciudad, lanzó sobre ella casi cuarenta mil efectivos. Hay un peligro enorme en esta medida. No se consigue una cifra tan elevada de policías sino al costo de sumar elementos nuevos, de escasa experiencia, de nervios fácilmente alterables. Y todos sabemos que un policía inexperto acude a su gatillo no bien se enfrenta a una situación que otro –más veterano– solucionaría menos drásticamente. De aquí que las muertes por gatillo fácil se incrementen siempre que una ciudad es tomada, inundada por la policía. Del gatillo fácil pueden ser víctimas todos los ciudadanos, no sólo los llamados malvivientes. Giuliani, como toda la derecha norteamericana, consolidó su poder con el atentado a las Torres Gemelas. En el telefilm de Woods, se lo ve abriéndose paso entre una multitud aterrorizada, en medio del asfixiante polvo de ladrillo, entre cadáveres, vidrios rotos y cortantes, para quedar solo ante el espectáculo de la devastación y exclamar, entre el asombro, la indignación patriótica y esa furia imperial que ya reclama la retaliación de semejante agravio (retaliación que aún continúa): “¿¡Qué le han hecho a mi ciudad!?”. Si dice mi ciudad es porque antes ha dicho esa frase que ya citamos y repetimos ahora porque define la personalidad y la dureza de Giuliani: “New York soy yo”. Ese sentido exacerbado de la posesión del territorio es lo que muchos llaman “patriotismo”. Los nazis decían actuar impulsados por la tierra y por la sangre. El nacionalsocialismo de Heidegger se devela en su amor por lo agrario, por lo campesino, por la pureza de la tierra, por la identificación de la patria (Heimat) con el territorio en que se expresa. Así, Peter Sloterdijk bien puede definirlo como un filósofo agrario. Heidegger, además, comparte con Giuliani (o Giuliani con Heidegger) el preciso concepto de errancia. El “errante”, que para los nazis era el judío, para Giuliani –como para toda la derecha actual– es el inmigrante o sus descendientes: los chicanos, los hispánicos, los africanos. El ilegal alien que hoy es la pesadilla de los países donde la riqueza y el poder se dan cita: Alemania, Francia, Italia. Aquí, en Argentina, el ilegal alien adquiere la figura del peruano, el paraguayo, el chileno y, supremamente, el boliviano o el bolita. Hasta tal punto llegó la furia contra el inmigrante de piel morocha, al que se identifica sin más con el delincuente, que se incurrió en algo (que los medios de comunicación alimentaron) nunca visto en Buenos Aires: el linchamiento. En su Carta Abierta 16, el grupo de intelectuales que se nuclea en Carta Abierta dice: “Los episodios de linchamiento que tanto impactaron a una sociedad no habituada a estas respuestas no son ajenos a este clima artificialmente creado por quienes medran con el discurso del miedo para desvirtuar cualquier sentido de ciudadanía y de solidaridad”. Ocurre que la llegada de un Rudy Giuliani siempre está alimentada por la erosión de esos dos conceptos: ciudadanía y solidaridad. Por otra parte, la idea de la solidaridad no es parte del credo capitalista que opta por la del egoísmo o la codicia (ver Adam Smith o Gordon Gekko en Wall Street, el film de Stone). Más adelante, el texto de Carta Abierta expresa: “La presentación de la represión al delito como una guerra podría considerarse como un mero ejercicio retórico si no fuera que ese discurso propicia hoy en el mundo la reinstalación de los principios intervencionistas de la Doctrina de la Seguridad Nacional”. Esta doctrina es la que practica (sin proclamarla) Giuliani: la policía debe intervenir y limpiar la ciudad –ante todo– de mendigos, limpiavidrios, prostitutas, borrachos. Luego tiene que continuar con unidades que castiguen a los que violan las señales de tránsito, a los niños que hacen prácticas de malabarismo ante los automóviles, los que venden droga en las escuelas, continuando –siempre por medio de la creación de unidades de represión– con los que alteran la paz sonora, los ruidosos, y los que ensucian la ciudad con sus graffitis. (Giuliani nunca se enteró ni se enterará de la teoría del street art.) El fundamento siempre es el de la ventana rota: hay que acabar primero con los pequeños delitos para luego terminar con los grandes. Así, Giuliani se ha convertido en el símbolo de la lucha contra el delito. No es casual que lo contraten de otros países. Es un asesor de lujo y, por consiguiente, un asesor carísimo. Cobra entre cien mil y cuatro millones de dólares por sus consejos. Ignoramos cuánto le pagó el ex intendente de Tigre. (Página/12)

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